¿Te acordás de Caperucita Roja, Pinocho, Dumbo y La Cenicienta? ¿Qué eran? Cuentos.
¿Te acordás cuando tus viejos te decían que eras el mejor de todos? Lamento tener que decirte que eso, probablemente, también era cuento.
El mundo de ahora está lleno de adultos jóvenes a los que los padres les dijimos que eran los mejores.
¿Por qué?
Hace más o menos tres décadas, cuando tuve a mi primer hijo, a los padres nos llenaban la cabeza con la palabra “autoestima”. El chico tiene que tener la autoestima alta para que le vaya bien en la escuela, consiga pareja, elija la carrera adecuada y llegue a ser una persona exitosa. Para eso practicamente no había que retarlo, marcarle errores o hacer que se sienta mal. ¡Si tu hijo tiene la autoestima baja va a ser un fracasado!, nos decían. Y así estamos, rodeados de gente que cree que camina sobre el agua.
Perdón por pincharte el globo, pero la única forma en que seas el mejor en algo, es rompiéndote el lomo. No sos el mejor por haber nacido. Tampoco podés sentarte a esperar que la suerte te sonría y de un día para otro estés primero en la lista de algo.
La vida no es justa y en el mundo adulto no existen los premios por haber participado.
Lo bueno es que, ahora que te conté el secreto real del éxito, podés hacer algo al respecto.
Si querés ser extraordinario tenés que hacer lo extraordinario. Estudiar más que el resto, trabajar más que el resto… En definitiva, esforzate más que el resto.