El lugar donde vivo se las da de gran ciudad, pero mentalmente no es más que un pueblo.
Como buen pueblo, las apariencias y el “qué dirán” es fundamental para algunos. Especialmente los nacidos, criados, quedados y nunca idos. O sea, los que no tienen idea de cómo se vive fuera de este lugar.
Como buen pueblo, las apariencias y el “qué dirán” es fundamental para algunos. Especialmente los nacidos, criados, quedados y nunca idos. O sea, los que no tienen idea de cómo se vive fuera de este lugar.
Habiendo vivido en una ciudad grande la mitad de mi vida y también en otro país, tengo una visión diferente acerca de las cosas y de la importancia la sociedad en mi vida.
La necesidad de pertenecer la heredamos de nuestros antepasados, quienes tenían vivir en grupo para no morir. La exigencia de vivir en sociedad está arraigada en nuestros cerebros.
Para vivir en sociedad tenemos que aceptar y cumplir las reglas básicas de ese grupo social. Debemos parecer normales según los parámetros de normalidad de ese grupo.
El problema empieza cuando una persona siente que con ser normal no alcanza y cree que su grupo de pertenencia le exige ser perfecta. Siente que le piden ser la representante ideal. Casi como si tuviera que ser la delegada en una competencia.
Las exigencias son tremendas: hay que tener un físico determinado, verse siempre bien, decir las cosas correctas, tener los amigos adecuados, participar en ciertas actividades, comprar en los mejores comercios y comer en restaurantes aprobados. Además de tener la mejor educación y el trabajo soñado. Más adelante, deberá formar la familia ideal y tener hijos perfectos que van a perpetuar el ciclo.
Todos sabemos que las personas perfectas no existen. Todos somos imperfectos, nos guste o no.
Ante semejante presión, lo mejor que se puede hacer es aparentar, construir una fachada y esconder del grupo todo lo que no sea ideal. Cualquier imperfección, por pequeña que sea, se barre debajo de la alformbra.
Cuánto más perfectos se supone que somos, más tenemos que perder al mostrarnos humanos.
En otro entorno, lo que se esconde puede pasar desapercibido, pero en un pueblo esconder algo es imposible. Hasta parece que se disfrutara con la desgracia ajena. Cuánto más se oculta, más se habla.
Es mi opinión, que la única manera de lograr que la gente deje de hablar, es blanquear aquello de lo que se habla. Hacerse humano frente al resto.
En otras palabras, contar eso que todo el mundo ya sabe.