Hoy quiero compartir un cuento…
La guerra de los payasos – Mia couto
Una vez dos payasos se pusieron a discutir. Las personas paraban, divertidas, a verlos.
Qué pasa? preguntaban.
Son apenas dos payasos discutiendo.
Quién los podía tomar en serio? Ridículos, los dos cómicos respondían. Los argumentos eran simples disparates, el tema era una nimiedad. Y pasó un día entero.
En la mañana siguiente, los dos permanecieron, excesivos y excediéndose. En la vía pública, entre tanto, los presentes se alegraban con la mascarada. Los bobos fueron agravando los insultos en afiladas y afinadas maldades. Creyendo que se trataba de un espectáculo, los transeúntes dejaban moneditas en el andén.
El tercer día, sin embargo, los payasos llegaron a vías de hecho. Los puñetazos desacertaban y los puntapiés zumbaban más en el aire que en los cuerpos. La muchachada se divertía imitando los golpes de los saltimbanquis. Y se reían de los disparatados, con sus cuerpos tropezando contra sí mismos. Y los niños querían retribuir la gustosa bondad de los payasos. Mami, ¿me da moneditas para dejar en el andén?
El cuarto día, los golpes y empujones se agravaron. Debajo de las pinturas, el rostro de los bobos comenzó a sangrar. Algunos niños se asustaron. ¿Aquella era verdadera sangre? es serio. No se aflijan, los tranquilizaban los padres.
Qué pasa? Nada. Un ligero desajuste de cuentas. No vale la pena separarlos. Ya se cansarán, esto no pasa de ser una payasada.
El quinto día, uno de los payasos se armó de un palo. Y avanzando sobre el adversario le descargó un golpe que le arrancó la cabellera postiza. El otro, furioso, se apertrechó de una matraca simétrica y respondió en la misma desmedida. Los palazos azotaban en el aire, en torpezas y revueltas. Uno de los espectadores, inadvertidamente, fue alcanzado. El hombre cayó desparramuerto.
Se levantó cierta confusión. Los ánimos se dividieron. De a pocos, dos campos de batalla se fueron creando. Unos tantos más quedaron caídos.
Se entraba en la segunda semana y en los barrios del entorno oyeron decir que una tonta zarabanda se había instalado alrededor de dos payasos. Y que la cosa escaramuzaba toda la plaza. Y al vecindario le pareció gracioso. El vecindario se fue dividiendo, en opiniones opuestas. En algunos barrios se iniciaron conflictos.
El vigésimo día se comenzaron a escuchar tiros. Aterrorizados, los habitantes se armaron. Cualquier movimiento les parecía sospechoso. Los disparos se generalizaron. Cuerpos de gente muerta empezaron a acumularse en las calles. El terror dominaba toda la ciudad. En breve, comenzaron las masacres.
Al principio del mes, todos los habitantes de la ciudad habían muerto. Todos, excepto los dos payasos. Esa mañana, los cómicos se sentaron cada uno en su banco y se libraron de los ridículos vestidos. Se miraron, cansados. Después se levantaron y se abrazaron, riéndose a banderas desplegadas. Tomados del brazo, recogieron las monedas de los andenes de la calle. Juntos atravesaron la ciudad destruida, cuidando de no pisar los cadáveres. Y se fueron en busca de otra ciudad.
Últimamente, tengo la impresión de que, ocultos de nuestra vista, hay payasos riéndose de todos nosotros.