El otro día leí un cuento que me gustó y me dejó pesando. Es más o menos así:
Tim se mudó a su casa hace poco. Le gustan la casa y el barrio, pero hay algo que lo inquieta.
Su vecino tiene un perro que aúlla sin parar. Todos los días.
Al principio Tim creyó que el perro tenía algún problema así que ignoró los aullidos pensando que no durarían mucho.
Pero el perro siguió aullando.
Pasó un día y no hubo cambio. Dos días, siguieron los aullidos. Tres días. Cinco días. Una semana. Un mes. Los aullidos siguen y no hay señal de que vayan a parar.
Finalmente, Tim no aguantó más. Fue a la casa del vecino para averiguar qué pasaba.
En la galería, delante de la casa, estaba el perro sentando, aullando.
El vecino estaba sentado en un banco al lado del perro, leyendo el diario y tomando café.
Tim se acercó a la galería…
Tim: “Hola, soy Tim. Me mudé al lado.”
Vecino: “¡Hola! Soy John.”
Tim: “¿Este es su perro? Ha estado aullando sin parar.”
John: “Sí, es mío. Disculpá los aullidos. Espero que no te molesten.”
Tim: “¿Por qué aúlla tanto?”
John: “Bueno… porque está sentado sobre un clavo.”
Tim: “¡¿Sentado sobre un clavo?!”
Tim mira al perro, desconcertado.
Tim: “¿Por qué no se mueve de arriba del clavo y se sienta en otro lado?”
John: “Porque parece que todavía no le duele lo suficiente.”
Todos tenemos clavos que nos pinchan.
Algunos tenemos clavos relacionados con la vida laboral. Trabajos que no nos gustan. Trabajos que nos llevan mucho tiempo o nos alejan de nuestras familias.
Algunos tenemos clavos en nuestras relaciones. No encontramos la pareja que buscamos. Estamos con alguien por inercia. Estamos en relaciones abusivas.
Algunos tenemos clavos en el estudio. Nos atrasamos o no estudiamos lo suficiente.
Algunos tenemos clavos en nuestra salud. Enfermedades que no controlamos. Nos alimentamos mal. Tomamos demasiado alcohol. No corregimos nuestra postura. No nos cuidamos en nuestras relaciones.
Algunos tenemos clavos en nuestros sueños. Sueños por los que deberíamos estar peleando y abandonamos. Sueños que creemos que ya es tarde para cumplir.
Y tantos otros clavos. Clavos en nuestras amistades. Clavos en nuestras familias…
Algunos tenemos uno o dos clavos grandes que nos pinchan. Otros, varios clavos chiquitos. Algunos sentimos pinchazos bastante seguido. Otros, de vez en cuando. Otros, todos los días. Pero como los pinchazos no son lo suficientemente molestos, no hacemos nada más que sentarnos y aullar.
Nadie hace algo por sus clavos hasta que no se cansa de sufrir.
Vos, ¿tenés clavos que te hacen aullar? ¿Y si hacés algo al respecto?